El reto de enfrentarte a que tu hijo quiera jugar en un equipo de fútbol

La frustración cuando tu hijo es malillo y tú no sabes cómo enfocar su pasión.

He de confesarlo, no me gusta el fútbol. Como mucho ver algún partido muy muy concreto por televisión, y más por los alardes técnicos de la parte televisiva que por el deporte en sí. Y entonces llegó Álvaro y le empezó a gustar el fútbol. Jugaba en el patio del colegio, coleccionaba cromos, quería ver partidos de fútbol en televisión, me decía el nombre de jugadores de varios equipos… Nombres algunos que ni me sonaban.

Es curioso como la vida nos lleva por caminos que no esperábamos. Hablo con otros padres del colegio, futboleros ellos, y están casi enfadados porque a sus hijos no les interesa lo más mínimo el deporte rey. Algunos les han apuntado al equipo de fútbol a ver si les pica el gusanillo. Lo mío es al revés, a mí no me interesa el tema y mi hijo ha salido futbolero.

Lo reconozco, nunca he bajado con mis hijos a la calle y una pelota a pegar patadas. Nunca les he inculcado esa pasión. Tienen balones y a veces juegan a pegarles patadas, casi siempre en la calle, a veces en casa.

Hay otros padres que crían a sus hijos para ser Cristiano Ronaldo desde que nacen, en un intensivo de mañana y tarde con el balón todos los días de la semana. Yo soy más de jugar al Lego con ellos y hacer construcciones.

Y claro, luego llega el colegio y a la hora del recreo el mundo se divide entre los que juegan al fútbol y los que no. Y dentro del grupo de los del fútbol, están los que son buenos y los con que no lo son tanto. Y aquí empieza la crisis.

Como en todas partes, siempre hay un líder. El problema es cuando el líder clasifica al resto en función de lo bien que juegan y descarta a los demás para jugar en su equipo, o directamente para jugar a fútbol. No creo que esa actitud llegue a la categoría de Bullying, pero es preocupante.

Aunque el verdadero problema es cuando empiezan las frustraciones en el niño. Y no ya porque no sea capaz de afrontar que sea mejor o peor jugador. No se trata de que el niño no asuma que no es tan bueno como otros. El problema es que se aparte a alguien por el motivo que sea. Al final el niño sufre, y su padre que lo ve, también sufre.

Pero claro, al niño le gusta jugar, y entonces cuando llega a 1º de Primaria te pide entrenar en un equipo de fútbol, y como existe en el colegio esa posibilidad como actividad extraescolar, aun sabiendo que no es muy bueno, lo apuntas. El deporte nunca viene mal y un deporte de equipo tiene muchas cosas positivas.

He de reconocer, una vez más, que el tema del fútbol no me apasiona, y ya vas con la idea de que en los enfrentamientos con otros equipos te vas a encontrar a padres exaltados gritando como energúmenos. De momento no he visto nada de eso, y espero no verlo, aunque también es verdad que tienen 6 años y estas cosas suelen aparecer más adelante.

Y claro, en el equipo se ve lo evidente, que hay niños muy buenos, y otros no tanto, como mi hijo. Vamos, yo digo que es “malillo”, pero el coordinador dice que es menos bueno. Un eufemismo como otro cualquiera.

Y aquí es donde metemos la figura del “equipo técnico”. En la charla inicial donde se nos cuenta a los padres los objetivos del año, me llama la atención que no comparten eso de “lo importante es participar”. No, según nos dicen, lo importante es salir a ganar, porque sólo así, dando el 100%, es como se consigue mejorar. Y si se pierde no pasa nada, porque lo han hecho lo mejor que han podido. Interesante reflexión.

Pero volviendo al tema de los entrenamientos, se ve claramente que hay niños que son mejores que otros. Y entonces empiezan algunos comentarios de los compañeros del tipo “es que tú eres muy malo”, y una vez más eso provoca frustración en el niño, porque está haciendo algo que realmente le apasiona, pero otros no le dejan disfrutar.

Y después llegan los partidos, donde todos los niños tienen que jugar. En el equipo son 15 y cada tiempo sólo juegan 6, así que hay rotación, pero claro, no siempre pueden jugar todos todas las veces que les gustaría, y hay algunos que juegan 3 tiempos, otros 2, y otros 1. Y claro, mi hijo es de los que juegan un tiempo, y el pobre se queja de que otros juegan más, porque él, aunque sea malillo, quiere jugar porque se lo pasa bien.

Con la mentalidad de adulto, parece lógico pensar que sea así, porque pasa como en un partido de primera división. Juegan los mejores porque el objetivo es ganar. Pero cuando los niños están aprendiendo, ¿no deberían jugar más tiempo los que peor juegan para que puedan mejorar y poner en práctica lo que han aprendido en los entrenamientos?

Lo triste es cuando ese planteamiento se lo oyes a uno de los responsables del equipo, y entonces dices, qué bonito sería si fuera así… pero no lo será, supongo que porque a continuación habría un grupo de padres insatisfechos porque sus futuros Cristianos Ronaldos que juegan de maravilla, no tendrían minutos para lucirse y ser los mejores, para que por fin alguien de la familia llegue a lo más alto en el mundo futbolístico, algo que sus padres no pudieron alcanzar, pero esperan que sus hijos sí.

Así que al final tenemos un niño que hace deporte y acabará frustrado porque sus compañeros le recordarán continuamente que no es tan bueno como ellos, y jugará en ese equipo hasta que llegue un día en el que pierda la ilusión por hacer algo que le encantaba. Y en frente tendrá un padre frustrado también por ver que su hijo sufre y no puede hacer mucho por evitarlo.

Un comentario sobre “El reto de enfrentarte a que tu hijo quiera jugar en un equipo de fútbol

  • el 16 noviembre, 2018 a las 19:01
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    Hola David: hace siete u ocho años me encontré con la misma disyuntiva. Aunque yo soñaba con que algún día mis hijos jugasen a rugby en Twickenham, la primera petición al llegar a primaria del hijo mayor fue apuntarse al equipo de fútbol.

    Ni en casa se veía fútbol por la tele, ni sus padres éramos futboleros, ni nadie les animaba a “joder” con la pelota.

    No van a un colegio de especial tradición balonpédica y los primeros partidos eran un drama parecido al que describes: todos iban como pollos sin cabeza por la pista y daba la sensación de que el nuestro era de los que llevaba ventaja en el bando de los “menos buenos”. Todo en un espectáculo público, rodeado de padres y abuelos.

    Hoy es el día en que sigue sin estar especialmente dotado para el fútbol y no es capaz de acertar un tiro entre los tres palos, pero juega en un equipo de fútbol 11 en infantiles y muchos días de titular. Resulta que tiene mucho amor propio (eso dicen) y el afán de superarse hace que se deje la piel en el campo corriendo y llegando a balones que otros no llegan. Para mi, recordando mis trece años, es algo inaudito.

    Algunos compañeros siguieron jugando a fútbol. Otros no. También había líderes que fueron perdiendo los galones y gallitos que se quedaron sin espolones. No recuerdo situaciones embarazosas por el fútbol patio, más allá de los piques con los del curso superior o inferior.
    Aunque con tanto padre alrededor de la pista, el asunto parezca mayor, es sólo fútbol txiki. Deja que tu hijo siga su camino, y que él mismo lo descubra. Puede que te lleves más de una sorpresa. Para él es algo mucho más sencillo.

    Nadie te asegura que dentro de diez años, no releas este artículo con un carné de abonado al Xota o a Osasuna en el bolsillo.

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