El Titanic se hundió en el agua, pero mis hijos no

Desde que tienen 6 meses van a clases de natación y no para convertirse en el nuevo Michael Phelps.

La semana pasada en las clases de natación de Álvaro y Miguel me he dado cuenta de la importancia de que los niños reciban clases de natación desde que son bebés. No con el objetivo de que se conviertan en grandes nadadores, sino para que no le tengan miedo al agua y se puedan defender dentro de ella.

Muchas veces se oyen noticias de niños que se ahogan en piscinas particulares por algún descuido de los padres. Si el niño supiera solamente mantenerse a flote, seguramente habría menos desgracias. Por eso creo que es importante que desde pequeños conozcan el agua, la vean con respeto y sepan defenderse en caso de necesidad.

Álvaro y Miguel han asistido a clases de natación desde que tenían 6 meses, y para ellos sumergirse debajo del agua es algo natural y normal. Desde que nacieron hemos seguido con ellos la recomendación de echarles agua por la cara en la hora del baño para que no perdieran el instinto de bloquear la vías respiratorias y no tragar agua.

Las primeras clases con ellos siendo unos bebés son un placer para los padres. Ves cómo están relajados, cómo patalean en el agua donde flotan con libertad, y sumergirse para ellos es indiferente. Seguro que ese pataleo les ayuda luego de cara al gateo.

Flotan sobre una colchoneta en el agua, con unos churros de espuma alrededor de los brazos consiguen dar sus primera brazadas, persiguen juguetes mientras intentan nadar. Todo es ejercicio y sobe todo juego.

Conforme se hacen mayores empiezan a ejercitar los músculos, la coordinación motora y, en definitiva, mejoran su desarrollo motriz. Como para ellos el agua es un elemento de juego, no tienen miedo a tirarse o bucear, porque su papá siempre está a su lado.

alvaro_bajo_agua

Y es cuando van haciéndose mayores cuando empiezan a aprender a nadar cada vez más en serio. Con 4 años ya tienen la fuerza suficiente como para mantenerse a flote e ir nadando unos cuantos metros hasta el bordillo de la piscina o la escalera.

Es entonces cuando te das cuenta de lo importante que es que vean el agua como un elemento de juego, con respeto, y no como algo malo a lo que tienen que tener miedo. En clase de Álvaro había dos niños que nunca habían ido a clases de natación, y era sorprendente ver cómo el resto de niños se tiraba al agua desde el bordillo a la orden del monitor, y estos dos no paraban de llorar y tenían pánico a estar en el agua ellos solos.

En la clase de Miguel ha pasado algo parecido. Aquí la diferencia es que al tener sólo 2 años, cada niño está con su papá o mamá, pero los que iban por primera vez sentían pánico cuando tenían que depender de un churro de espuma para flotar o tenían que saltar desde el bordillo mientras su papá les esperaba en el agua.

Evidentemente, todos los niños, se hayan enfrentado antes al agua o no, acabaran aprendiendo a nadar. La cuestión es que hacerlo desde pequeños es algo que les facilitará las cosas, vivirán la experiencia como un juego y permitirán disfrutar a los padres de esa experiencia única. Y quién sabe si saber nadar les podrá sacar de algún apuro.

Para mí, las clases de natación desde bebés es algo que debería estar en el Top 10 de cualquier papá.

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